- Quiero hacer arte - Dijo él. Así que tomó el bisturí y comenzó su obra.
La Nueva Carne
miércoles, 8 de mayo de 2024
jueves, 7 de enero de 2016
La procesión
Y una eternidad ha pasado. De súbito, una explosión.
El camino que recorre La Procesión de los Hierofantes parte desde el descomunal castillo, hogar terrenal de los Reyes Eternos, para después extenderse por toda la yerma llanura y atravesar La Villa de Los Penitentes, que arde en expectación.
Los habitantes se retuercen entre sus desechos gimoteando patéticamente, balbucean viejas letanías a Los Dioses sin Nombre en espera de ser bendecidos con la Lux Aeterna, que es un dolor tan vasto e infinito que no existe mayor gloria en el universo. Todos se preparan con las escarificaciones rituales que son los símbolos cabalísticos para designar a los Reyes entre las estrellas. Su Estrella es el Lucero de la Mañana y ven con buenos ojos a los portadores, que rebanan con grandes zurcos sus pieles marchitas para después untarse huesos molidos y aceite hirviendo. Otros se inoculan tinta con extrañas máquinas oxidadas, llenas de cables y tubos que contienen un líquido negruzco, erizadas por docenas de agujas que zumban, giran, vibran y penetran la carne de Los Iniciados.
A lo lejos se escucha ya el atronador rugido de los tambores, golpeados por gigantes acromegálicos. Las puertas del castillo se abren de par en par con un rechinido que llena todo el valle, muerto y desolado. El sonido, un sordo gemido, impregna el espacio y un escalofrío recorre a todos los habitantes, pues saben que la marcha ha dado inicio.
El viento sopla y se une al lúgubre canto de las flautas que unos esqueléticos juglares con ridículos sombreros, desnudos y pintados de rojo, hacen vibrar a toda vez que cabriolean, dando saltos y brincos de aquí para allá obscenamente mientras van danzando alrededor de la caravana que inicia su espantoso andar. Recorren lentamente el camino hasta adentrarse en La Villa de los Penitentes, que los reciben arrojando flores marchitas, ceniza y animales muertos a su paso sobre el suelo lodoso.
A la entrada de la villa lo primero que se aprecia es una diminuta figura tambaleante. Es un enano que lleva los pies cosidos a un desvencijado uniciclo y pega de gritos, eufórico, anunciando el paso de los Reyes Eternos a través de un altavoz, unido a sí mismo desde su pecho con un soporte mecánico. Se vale de muletas, cosidas al par de muñones que eran sus manos para guardar el equilibrio, ya que de cuando en cuando cae y está penado con la muerte inmediata parar la procesión. Le sigue una parturienta atada a un sucio camastro arrastrado por dos esclavos menores, cegados con poderosos conjuros y los brazos amputados, llevan gruesas cadenas que parten de su cuello hasta el camastro. La mujer va desnuda con las piernas abiertas mostrando cada contracción que es vitoreada por la harapienta muchedumbre. De los pechos de la mujer supura una putrefacta leche que un grupo de perros famélicos se disputan por mamar. Justo aquí Los Iniciados entonan una macabra letanía:
¡Que vivan los que aniquilan la Realidad! ¡Eternos!
¡Que vivan los que son Todo en Uno! ¡Eternos!
Mientras la fila avanza un grupo de niños desnudos, ojerosos y de mirada perversa, corretean apedreando al enano que por poco cae ante los proyectiles.
Detrás de ellos, un grupo de temblorosas criaturas lechosamente pálidas y de acuosos ojos blancos van orinando sobre la muchedumbre ya que caminan utilizando unos largos zancos, quedando muy por encima de la masa andrajosa. De vez en cuando arrojan mendrugos de pan untados con estiércol de caballo, que llevan en cestos atados a su espalda. Los trémulos entes se alejan con enormes zancadas, asediados por un nube de cuervos mientras dan paso a un obeso atado a una silla de ruedas. En vez de piernas tiene dos horrendos tentáculos de carne que se retuercen sin control. Avanza con torpeza por el suelo encharcado y lleno de pozos, lleva las manos sucias de lodo, estiércol y orina, el torso desnudo, pálido y con venas de un tono púrpura cruzan todo su voluminoso abdomen. Su función es la de espantar a los cuervos para que no urten el pan, utilizando una cerbatana que maneja con precisión. Cada tanto se detiene, escupe con la cerbatana y cae un ave muerta que la muchedumbre se apresura a devorar.
Lentamente se pierde hacia el final de la colina.
Inmediatamente después de él, la masa ruge con furor, pues ya se divisa el negro carruaje de los Reyes Eternos. Primeramente van los Nigromantes, los protectores, murmurando en voz baja odiosos conjuros a los Dioses sin Nombre, ataviados en negras túnicas es imposible verles el rostro. Quienes han osado espiar bajo su manto caen muertos al instante.
Les abren paso un par de lanceros montados en unos esqueléticos jamelgos, fatigados y torturados. Sus armas llevan inscritas un hechizo de muerte en el filo, de modo que la marejada de deformes caen como moscas bajo el carromato, arrojándose con desesperación queriendo tocarlos. El vehículo, que no requiere tracción o empuje externo, levita sobre la pila de cadáveres sin que sus pasajeros se inmuten.
La procesión llega al centro de la villa, donde una fuente vomita sangre semi coagulada.
Aquí el clamor llega a niveles ensordecedores.
¡Que vivan los de la Voz de Trueno! ¡ Eternos!
¡Que vivan aquéllos que portan la Lux Aeterna! ¡Eternos!
El carruaje detiene su marcha y con él, la respiración de todos los presentes.
Han llegado.
Un par de esclavos mayores, cubiertos de pies a cabeza con un plástico oscuro que les da un aspecto lustroso, se aproximan al carruaje y corren con delicadeza una gruesa cortina púrpura con acabados de oro. En el centro hay una pareja, hombre y mujer. Él va ataviado con un ajustado y brillante traje negro de cuero, de cuello muy alto. Ella lleva un fino vestido blanco de una vaporosa tela, de cuello también alto y una larga cola que mueve a voluntad. Los trajes están adornados con piedras preciosas que refulgen con el brillo de la luna. Van coronados con unas delgadas tiaras de oro y marfil. Ambos portan unas finísimas máscaras doradas con inscripciones en su frente, en el lenguaje prohibido la de él reza Caos, la de ella Locura. De los ojos solo se puede apreciar una negrura comparable con el abismo infinito del cosmos. Los Iniciados se agolpan pues saben que la bendición está por ocurrir, se aplastan unos contra otros, alzan las manos con desesperación, suplicando por ser ungidos.
Los Reyes se aproximan entre si, quedando de frente, viéndose el uno al otro directamente a los ojos completamente negros. Lentamente van retirando sus máscaras mientras los brujos recitan ciertos salmos arcanos y el clamor llega a un frenesí extático. Bajo las máscaras solo hay luz, una luz tan portentosa que los primeros en verla quedan ciegos al instante. Un atronador estruendo acompaña el refulgente baño mientras las retiran por completo.
El estruendo es la voz. Ambos hablan al unísono.
Somos la Dualidad. Somos el Todo en Uno que rige el Cosmos que es la Nada. Somos Principio y Fin. Caos y Locura infinitos.
Detrás del velo de la realidad tangible existe la Nada Absoluta. Detrás de la carne se esconde la pureza. Abrevar de éste conocimiento y serán libres.
Nada se aprecia de sus rostros, tan solo un fulgor como el resplandor de miles de soles concentrados en ése punto. Los Iniciados entran en éxtasis cuando pierden la cabellera, los dientes, las uñas y sangran por todos los orificios. No existe dolor más exquisito. Toda la villa es una bola de fuego, el calor insoportable, la voz retumba no en los oídos, si no en las almas.
La cacofonía llega al clímax.
Tan lentamente como iniciaron, se ponen las máscaras y el pueblo se sume nuevamente en una sorda atmósfera grisácea y fría. Los iniciados permanecen mudos, saboreando el vacío supremo pues sus almas fueron marcadas con el crepitar del universo.
Justo aquí un grotesco espectáculo da inicio. En el cielo las nubes se suceden con rapidez increíble, formando un círculo, un negro torbellino cuyo centro alberga un ojo monstruoso que comienza a devorarlo todo, arrastrando árboles, carretas y ganado hacia una turbulenta vorágine. Los Iniciados gritan con espanto pues su carne es arrancada de los huesos. Enloquecidos imploran pero son absorbidos hacia el epícentro del ojo, que lo consume todo.
El Caos y La Locura reinan.
El ojo lo devora todo y cuando no queda nada más se devora a si mismo.
Al final, los Eternos flotan en la Nada Absoluta.
Aun frente a frente levantan una mano, el la derecha, ella la izquierda. Con sus dedos trazan su símbolo en el aire. Un nuevo pacto ha sido sellado entre ellos. Gobernar juntos hasta el colapso de la realidad, cuando no exista más que la Nada Absoluta y un nuevo principio germine y ellos despierten para iniciar de nuevo el ciclo.
Y de súbito, una explosión.
El camino que recorre La Procesión de los Hierofantes parte desde el descomunal castillo, hogar terrenal de los Reyes Eternos, para después extenderse por toda la yerma llanura y atravesar La Villa de Los Penitentes, que arde en expectación.
Los habitantes se retuercen entre sus desechos gimoteando patéticamente, balbucean viejas letanías a Los Dioses sin Nombre en espera de ser bendecidos con la Lux Aeterna, que es un dolor tan vasto e infinito que no existe mayor gloria en el universo. Todos se preparan con las escarificaciones rituales que son los símbolos cabalísticos para designar a los Reyes entre las estrellas. Su Estrella es el Lucero de la Mañana y ven con buenos ojos a los portadores, que rebanan con grandes zurcos sus pieles marchitas para después untarse huesos molidos y aceite hirviendo. Otros se inoculan tinta con extrañas máquinas oxidadas, llenas de cables y tubos que contienen un líquido negruzco, erizadas por docenas de agujas que zumban, giran, vibran y penetran la carne de Los Iniciados.
A lo lejos se escucha ya el atronador rugido de los tambores, golpeados por gigantes acromegálicos. Las puertas del castillo se abren de par en par con un rechinido que llena todo el valle, muerto y desolado. El sonido, un sordo gemido, impregna el espacio y un escalofrío recorre a todos los habitantes, pues saben que la marcha ha dado inicio.
El viento sopla y se une al lúgubre canto de las flautas que unos esqueléticos juglares con ridículos sombreros, desnudos y pintados de rojo, hacen vibrar a toda vez que cabriolean, dando saltos y brincos de aquí para allá obscenamente mientras van danzando alrededor de la caravana que inicia su espantoso andar. Recorren lentamente el camino hasta adentrarse en La Villa de los Penitentes, que los reciben arrojando flores marchitas, ceniza y animales muertos a su paso sobre el suelo lodoso.
A la entrada de la villa lo primero que se aprecia es una diminuta figura tambaleante. Es un enano que lleva los pies cosidos a un desvencijado uniciclo y pega de gritos, eufórico, anunciando el paso de los Reyes Eternos a través de un altavoz, unido a sí mismo desde su pecho con un soporte mecánico. Se vale de muletas, cosidas al par de muñones que eran sus manos para guardar el equilibrio, ya que de cuando en cuando cae y está penado con la muerte inmediata parar la procesión. Le sigue una parturienta atada a un sucio camastro arrastrado por dos esclavos menores, cegados con poderosos conjuros y los brazos amputados, llevan gruesas cadenas que parten de su cuello hasta el camastro. La mujer va desnuda con las piernas abiertas mostrando cada contracción que es vitoreada por la harapienta muchedumbre. De los pechos de la mujer supura una putrefacta leche que un grupo de perros famélicos se disputan por mamar. Justo aquí Los Iniciados entonan una macabra letanía:
¡Que vivan los que aniquilan la Realidad! ¡Eternos!
¡Que vivan los que son Todo en Uno! ¡Eternos!
Mientras la fila avanza un grupo de niños desnudos, ojerosos y de mirada perversa, corretean apedreando al enano que por poco cae ante los proyectiles.
Detrás de ellos, un grupo de temblorosas criaturas lechosamente pálidas y de acuosos ojos blancos van orinando sobre la muchedumbre ya que caminan utilizando unos largos zancos, quedando muy por encima de la masa andrajosa. De vez en cuando arrojan mendrugos de pan untados con estiércol de caballo, que llevan en cestos atados a su espalda. Los trémulos entes se alejan con enormes zancadas, asediados por un nube de cuervos mientras dan paso a un obeso atado a una silla de ruedas. En vez de piernas tiene dos horrendos tentáculos de carne que se retuercen sin control. Avanza con torpeza por el suelo encharcado y lleno de pozos, lleva las manos sucias de lodo, estiércol y orina, el torso desnudo, pálido y con venas de un tono púrpura cruzan todo su voluminoso abdomen. Su función es la de espantar a los cuervos para que no urten el pan, utilizando una cerbatana que maneja con precisión. Cada tanto se detiene, escupe con la cerbatana y cae un ave muerta que la muchedumbre se apresura a devorar.
Lentamente se pierde hacia el final de la colina.
Inmediatamente después de él, la masa ruge con furor, pues ya se divisa el negro carruaje de los Reyes Eternos. Primeramente van los Nigromantes, los protectores, murmurando en voz baja odiosos conjuros a los Dioses sin Nombre, ataviados en negras túnicas es imposible verles el rostro. Quienes han osado espiar bajo su manto caen muertos al instante.
Les abren paso un par de lanceros montados en unos esqueléticos jamelgos, fatigados y torturados. Sus armas llevan inscritas un hechizo de muerte en el filo, de modo que la marejada de deformes caen como moscas bajo el carromato, arrojándose con desesperación queriendo tocarlos. El vehículo, que no requiere tracción o empuje externo, levita sobre la pila de cadáveres sin que sus pasajeros se inmuten.
La procesión llega al centro de la villa, donde una fuente vomita sangre semi coagulada.
Aquí el clamor llega a niveles ensordecedores.
¡Que vivan los de la Voz de Trueno! ¡ Eternos!
¡Que vivan aquéllos que portan la Lux Aeterna! ¡Eternos!
El carruaje detiene su marcha y con él, la respiración de todos los presentes.
Han llegado.
Un par de esclavos mayores, cubiertos de pies a cabeza con un plástico oscuro que les da un aspecto lustroso, se aproximan al carruaje y corren con delicadeza una gruesa cortina púrpura con acabados de oro. En el centro hay una pareja, hombre y mujer. Él va ataviado con un ajustado y brillante traje negro de cuero, de cuello muy alto. Ella lleva un fino vestido blanco de una vaporosa tela, de cuello también alto y una larga cola que mueve a voluntad. Los trajes están adornados con piedras preciosas que refulgen con el brillo de la luna. Van coronados con unas delgadas tiaras de oro y marfil. Ambos portan unas finísimas máscaras doradas con inscripciones en su frente, en el lenguaje prohibido la de él reza Caos, la de ella Locura. De los ojos solo se puede apreciar una negrura comparable con el abismo infinito del cosmos. Los Iniciados se agolpan pues saben que la bendición está por ocurrir, se aplastan unos contra otros, alzan las manos con desesperación, suplicando por ser ungidos.
Los Reyes se aproximan entre si, quedando de frente, viéndose el uno al otro directamente a los ojos completamente negros. Lentamente van retirando sus máscaras mientras los brujos recitan ciertos salmos arcanos y el clamor llega a un frenesí extático. Bajo las máscaras solo hay luz, una luz tan portentosa que los primeros en verla quedan ciegos al instante. Un atronador estruendo acompaña el refulgente baño mientras las retiran por completo.
El estruendo es la voz. Ambos hablan al unísono.
Somos la Dualidad. Somos el Todo en Uno que rige el Cosmos que es la Nada. Somos Principio y Fin. Caos y Locura infinitos.
Detrás del velo de la realidad tangible existe la Nada Absoluta. Detrás de la carne se esconde la pureza. Abrevar de éste conocimiento y serán libres.
Nada se aprecia de sus rostros, tan solo un fulgor como el resplandor de miles de soles concentrados en ése punto. Los Iniciados entran en éxtasis cuando pierden la cabellera, los dientes, las uñas y sangran por todos los orificios. No existe dolor más exquisito. Toda la villa es una bola de fuego, el calor insoportable, la voz retumba no en los oídos, si no en las almas.
La cacofonía llega al clímax.
Tan lentamente como iniciaron, se ponen las máscaras y el pueblo se sume nuevamente en una sorda atmósfera grisácea y fría. Los iniciados permanecen mudos, saboreando el vacío supremo pues sus almas fueron marcadas con el crepitar del universo.
Justo aquí un grotesco espectáculo da inicio. En el cielo las nubes se suceden con rapidez increíble, formando un círculo, un negro torbellino cuyo centro alberga un ojo monstruoso que comienza a devorarlo todo, arrastrando árboles, carretas y ganado hacia una turbulenta vorágine. Los Iniciados gritan con espanto pues su carne es arrancada de los huesos. Enloquecidos imploran pero son absorbidos hacia el epícentro del ojo, que lo consume todo.
El Caos y La Locura reinan.
El ojo lo devora todo y cuando no queda nada más se devora a si mismo.
Al final, los Eternos flotan en la Nada Absoluta.
Aun frente a frente levantan una mano, el la derecha, ella la izquierda. Con sus dedos trazan su símbolo en el aire. Un nuevo pacto ha sido sellado entre ellos. Gobernar juntos hasta el colapso de la realidad, cuando no exista más que la Nada Absoluta y un nuevo principio germine y ellos despierten para iniciar de nuevo el ciclo.
Y de súbito, una explosión.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

